Nacemos con unos objetivos y unas pautas a seguir establecidas por la sociedad en que vivimos y salirse de ellos puede parecer algo demasiado arriesgado, no está bien visto.
A los dos o tres años empiezas en el colegio. Primero parvulitos, luego primaria, secundaria y bachiller. Llegaron los 18 años y ya has tenido que tomar grandes decisiones para tu vida futura, sobre aquello a lo que te vas a dedicar durante el resto de tu vida. Pero aún te toca decidir qué carrera universitaria vas a escoger en la cual invertirás un mínimo de cuatro años (nos plantamos en los 22), puesto que actualmente ya aun teniendo carrera universitaria es difícil encontrar trabajo como para arriesgarse a no hacerlo. Pero esto no queda ahí, luego es momento de decidir el máster que vas a hacer, algo que te especialice, que haga de tu currículum algo distinto, que te diferencie de todos aquellos que han acabado con anterioridad en la basura o la trituradora con un simple “Ya te llamaremos” o a veces ni eso. Por tanto, ya habremos invertido otros dos años más de nuestra vida, hemos llegado a los 24 y con suerte tendremos un trabajo que nos habrá permitido llegar de cierta forma hasta aquí.
Pero ahí no acaba todo, si has logrado un trabajo, quizá debas cambiar. Si aún no lo tienes, más te vale moverte o quizá no lo llegues a encontrar. Si tienes la suerte de entrar al mercado laboral y conseguir con el tiempo un puesto de trabajo estable y con un contrato indefinido (cosa rara vez vista en la situación en la que vivimos), habrás de dedicar el resto de tu vida a ese trabajo. Día tras día, semanas tras semana, mes tras mes, los años irán pasando y tú seguirás ejerciendo esa misma profesión aunque, con suerte, alcanzarás un puesto de mayor importancia o un sueldo más elevado (el cual será tu sustento y te permitirá pagar la hipoteca en la que te hayas metido y a tu familia o la serie de condiciones personales a las que te encuentres expuesto). Para lograr estos aumentos y estas mínimas mejoras, habrás de seguir haciendo cursos formativos, para actualizar tus conocimientos sobre el campo al que te dediques.
Sin haberte dado cuenta, estarás en la edad adulta trabajando hora sí, hora también con un sueldo que quizá no te permita alcanzar todo cuanto un día te propusiste hacer. Todos esos sueños y metas truncados irán clavándose poco a poco, espinita tras espinita como no los logres y cada año que pases sin cambiarlo, la situación empeorará. Seguirás trabajando hasta que no puedas más y aún así continuarás, pues a saber si llegarás a lograr una pensión suficiente como para permitirte el lujo de dejarlo.
Habrás pasado casi todo el recorrido de tu vida trabajando y formándote para ello sin mayor descanso que unas vacaciones casi inexistentes y todos esos años habrán tenido su base en aquellas decisiones que tuviste que hacer cuando aún quizá no eras lo suficientemente consciente de que por ello se regiría toda tu vida, en los que pudiste dudar, dejarte influenciar, sentirte presionado, frustrado por no saber qué hacer, qué elegir. Pudiste incluso acabar metiéndote en cosas que realmente no eran las que te apasionaban simplemente por lo que otras personas te dijesen o aconsejasen o simplemente y lo que puede ser aún peor, por las salidas que esos estudios o esas elecciones te pudieran dar.
Y ahora dime, ¿merece la pena? ¿Merece la pena hacer algo que realmente no te llene sólo por complacer al resto, por esas supuestas salidas que en verdad no están cien por cien garantizadas? Yo creo que no, cada uno debería estar lo suficiente libre de todas estas presiones externas que pueden llegar a introducirse en sus mentes para elegir con total libertad, sin verse influenciado por nada más que por lo que lo apasiona, por eso de lo que haría su profesión, eso que convertiría en su día a día sin dudarlo, sin sufrirlo (lo cual no quiere decir que no cueste lograrlo).
Del mismo modo, creo que a pesar de pasar tantos años estudiando y formándonos, las personas no tenemos la capacidad suficiente para empezar con 15 o 16 años a decidir a lo que quiere dedicarse, para empezar a enfocar su vida a lo que ahora concebimos como  “ciencias” o “letras”. Así como tampoco somos, y en este caso aún en menor medida, lo suficientemente maduros y conscientes de nuestra situación a los 17 y 18 años para decidir los estudios superiores que vamos a realizar, a lo que vamos a dedicar los siguientes cuatro años y posiblemente el resto de nuestra vida (esto último tampoco es infalible, puesto que puedes acabar trabajando en otras cosas que no tengan relación con aquello en lo que se centran tus estudios). Esas personas que tienen y encuentran una vocación clara desde un principio, que saben lo que quieren hacer, a lo que quieren dedicarse y que tienen la oportunidad de plasmarlo en la realidad pueden sentirse afortunados, de hecho puede que no sean plenamente conscientes de cuan afortunados son. Pero ¿qué pasa con el resto? ¿Qué ocurre si no sabes lo que elegir? ¿Quién me dice a mí que no me pueden gustar tanto las ciencias como las letras? ¿Por qué has de “cerrarte puertas” a un campo u otro? Por qué si ni siquiera te han visto capaz hasta entonces de expresar tu opinión es aspectos políticos, de conducir, de responsabilizarte de tus propios actos, de tomar decisiones como si beber o no, si no has tenido poder de decisión de manera oficial más que para escoger una u otra asignatura de repente obtienes total libertad y a la vez la obligación de tomar una decisión tan importante como puede llegar a ser la carrera a la que vas a dedicarte. ¿Qué ha hecho que eso cambie en tan corto plazo?
Realmente quisiera saber cómo es que ya pasamos a ser considerados capaces para la toma de este tipo de decisiones y por qué debemos tomarlas sin un periodo de tiempo intermedio para poder reflexionar seria y profundamente al respecto, sino que tenemos que tomarlas sobre la marcha mientras tenemos miles de apuntes en la cabeza, de temarios, porque a la vez que el momento se acerca, estos aumentan aumentando así la presión. Y por mucho que queramos, a menudo las decisiones que tomamos bajo presión son erróneas debido a que no logramos pensar con la claridad necesaria.
Por otra parte, soy consciente de la suerte que tengo por poder permitirme lo que para muchos sigue siendo un lujo y disfrutar de esta educación que es impartida esté o no conforme con el modo en que se lleva a cabo. Y es que por desgracia, seguimos viviendo en un mundo en el que  la desigualdad es el punto del día, en el que hay 124 millones de niños sin escolarizar y unos 770 millones de personas adultas analfabetas. Personas que quizá no vayan a lograr tener un mínimo de los conocimientos que nos otorgan en nuestros países. Quién sabe el potencial que esos niños, esos adultos tienen o tenían, quién sabe si podemos tener otros 124 millones de genios escondidos en la mente de todos aquellos que no  pueden acceder a esa formación que les permita desarrollar sus conocimientos. Cómo podemos permitir que cosas así sigan pasando, todas las personas deberíamos poder acceder a una educación pública y de calidad, un mínimo de cultura. Cómo podemos habiendo tantos millones en el mundo permitir este tipo de desigualdades tan grandes, aunque sólo sea porque esas personas, esos niños, esos jóvenes van a ser el futuro algún día, todos nosotros vamos a ser ese futuro.
Pero la finalidad de todo esto no es ésta. Hoy no pretendo resaltar la inmensa importancia que tiene la educación en nuestras vidas, ni profundizar en el automatismo con que las llevamos tan sumamente planeadas desde pequeños queramos o no percatarnos, que también. Lo que quiero conseguir con todas estas palabras es haceros reflexionar sobre cómo somos presionados y obligados a tomar ciertas decisiones a una edad tan temprana siendo de tal envergadura. Es cierto que el tiempo vuela y que, como ya he dicho, al final de todo este proceso ya habremos alcanzado una edad media entre la veintena y la treintena, lo cual nos puede parecer una edad considerable, pero el hecho de hacernos tomar este tipo de decisiones tan temprano ejerce demasiada presión en todos nosotros y nos hace replantearnos todo. Mirar una y otra carrera, ir a una y otra universidad, empezar a agobiarnos con las notas de corte, por la necesidad de becas para poder permitirnos estudiar lo que nos gusta. Por la indecisión y el estrés que una cosa de tal magnitud puede provocarnos. La idea de no poder dar vuelta atrás por todo lo que ello conlleva, de que al elegir una u otra asignatura, una u otra carrera ya no puedes acceder a otras por lo distintas que son. Decidirte y volvértelo a replantear sin cesar hasta el último momento de este proceso, la inseguridad que ello puede conllevar en todos los aspectos de nuestras vidas.
Asimismo, me parece un tema tan sumamente primordial teniendo en cuenta las nuevas medidas en la educación de nuestro país que pretenden hacer a las nuevas generaciones empezar a elegir a una edad mucho más temprana (como si no estuviera establecido ya lo suficientemente pronto). Por todos y cada uno de los motivos citados anteriormente y otros tantos que quedan en el tintero creo que deberíamos replantearnos todo este sistema, estas medidas desde el inicio y con detenimiento. Cada uno debería ser libre de hacer sus propias elecciones y son consciente de lo necesarias que son actualmente, pero también debería tener un periodo anterior en mi opinión mucho más amplio para contemplar las diferentes posibilidades y ver lo que realmente le atrae más.

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